viernes, 3 de febrero de 2017

El Éxodo: En busca de la montaña de Moisés




¿Qué tal si me acompañáis, amigos lectores, en un épico viaje a través del desierto pero tal como se solía viajar hacer 3000 años, a pie, sin camiones ni vehículos de apoyo de los que tenemos en el siglo XXI? La primera parte de nuestro viaje va a ser haciendo pocas paradas, y las paradas que hagamos no serán de muchos días, además viajaremos frecuentemente de noche y de día y uno de nuestros problemas será el abastecimiento de agua pero no el único. Afortunadamente nos conduce alguien que tiene buen conocimiento de todas estas regiones.

Bueno, lo que os propongo a todos es participar mentalmente del éxodo que protagonizaron Moisés y el pueblo de Israel hace ahora 3500 años según el relato de la Biblia. Esta primera etapa va a durar dos meses, y concluirá en una montaña de significado especial para Moisés, el monte llamado Sinaí u Horeb. Atentos porque os podéis llevar alguna sorpresa.

Pero retrocedamos hacia el tiempo en que el príncipe Moisés huye de Egipto cuando tenía 40 años de edad. Es posible que en su huida Moisés recorriera el camino que pasaba por las minas que Egipto explotaba, siguiendo la cordillera del Sinaí, y lo haría rápido puesto que estaba huyendo, su meta era Madián junto al brazo oriental del mar Rojo, lejos de la frontera con Egipto.

El registro bíblico informa que Moisés se casó en Madián y allí vivió durante los siguientes 40 años de su vida. ¿Qué hizo durante todo ese tiempo? Ahora lo transcribo directamente. “Y Moisés llegó a ser pastor del rebaño de Jetró, el sacerdote de Madián, de quien era yerno. Mientras arreaba el rebaño al lado occidental del desierto, llegó por fin a la montaña del Dios [verdadero], a Horeb”, Éxodo 3:1. Moisés sirvió como pastor trashumante nómada, es decir, durante unos meses al año llevaba al rebaño hacia occidente para que se saciaran de abundante agua y de pastos, y que yendo hacia ese lugar se cruzaba con la montaña llamada Horeb. Desde la cabecera del mar Rojo en Ezión-gueber hasta el tradicional Sinaí (luego tenía que continuar el camino hasta llegar al agua y los pastos) hay unos 145 km. en línea recta, ¿es ahí a donde Moisés conducía a su rebaño, en medio de territorio egipcio, teniendo en cuenta que él todavía era un fugitivo?

El relato bíblico dice que Moisés se cruzaba con la montaña Horeb y que seguía el camino hasta la fuente de agua, y no parece que esa sea la descripción del Sinaí tradicional, porque en todos los alrededores del Sinaí tradicional no hay abundante agua ni terrenos para pastos, entonces ¿hacia dónde se dirigía Moisés? Hacia occidente dice la Biblia, no hacia el sur que es en donde está el Sinaí tradicional. Yendo hacia occidente, en dirección del Mediterráneo, ¿hay algún lugar en el que un pastor cualquiera pudiera llevar a sus rebaños para que se saciaran, y que además cuente con alguna montaña significativa para Moisés? Sí, sí que existe esa montaña.

Desde la cabecera el brazo oriental del mar Rojo hasta la fuente de agua y pastos hay unos 125 km. en línea recta, más cerca que yendo al Sinaí tradicional, y justo en medio de ese trayecto está la montaña que tanto significaba para Moisés. Hoy en día esa montaña se le conoce con el nombre de Har-Karkom. Y a tan solo unos pocos km. más hacia el noroeste Moisés entraba en la región de tres grandes oasis del lugar, el Ain Qedeis, el Ain el-Qudeirat y el Ain el-Qeseimah, los tres separados entre sí por entre 10 y 15 km. aproximadamente. Estos tres oasis siguen existiendo en la actualidad y tienen terreno que todavía sirve para cultivo. Tenía mucho sentido que Moisés trajera a sus rebaños hasta esta zona, un lugar que él mismo volverá a recorrer años más tarde en numerosa compañía.
En mi siguiente publicación hablaremos de la montaña que Moisés visitaba.


miércoles, 1 de febrero de 2017

El "santo" Grial




En la película “Indiana Jones y la última cruzada”, casi al final de la película, se ve al aventurero frente a una exposición de copas diferentes, una de las cuales tenía que ser aquella en la que Jesús bebió durante su última noche, una de ellas tenía que ser el “santo grial”. Allí había copas de todos los materiales, copas muy sencillas y copas de metales preciosos adornadas con piedras preciosas y perlas, ¿Cuál de ellas sería aquella que Jesús utilizó? ¿Ustedes, amigos lectores, que piensan que sucedió en la realidad? El caso es que en diferentes centros religiosos del mundo se exhiben algunas ricas copas que pretenden ser aquella en la que Jesús bebió, ¿Qué hay de cierto en toda esta historia?

Sigamos el desarrollo de aquella última cena en la que Jesús participó con sus más inmediatos seguidores, y lo haremos con la ayuda de un relato que escribió un instruido seguidor de Jesús, que además era médico, me estoy refiriendo al evangelista Lucas.

Ya eran los últimos días de vida de Jesús, en base a lo que Jesús había dicho y hecho él se había granjeado poderosos enemigos entre los dirigentes religiosos del país, entre el poderoso Sanedrín de Jerusalén, pero como persona cumplidora de la ley mosaica Jesús quiso celebrar la fiesta de la cercana Pascua, sin embargo no podía entrar abiertamente en la ciudad puesto que muchos andaban buscándolo para matarle, de modo que mando a dos de sus discípulos para que hicieran todos los preparativos para la celebración de esa cena especial. Resulta interesante observar todas las precauciones que se tomaron en los preparativos, yo lo transcribo directamente del relato bíblico.

“Ahora bien, se acercaba la fiesta de las tortas no fermentadas, la llamada Pascua… Entonces llegó el día de las tortas no fermentadas, en que hay que sacrificar la [víctima de la] pascua; y él despachó a Pedro y a Juan, y dijo: “Vayan y preparen la pascua para que la comamos”. Ellos le dijeron: “¿Dónde quieres que [la] preparemos?”. Él les dijo: “¡Miren! Al entrar en la ciudad los encontrará un hombre que lleva una vasija de barro con agua. Síganlo hasta dentro de la casa en que entre. Y tienen que decir al dueño de la casa: ‘El Maestro te dice: “¿Dónde está el cuarto para convidados en que pueda comer la pascua con mis discípulos?”’. Y ese les mostrará un cuarto grande, arriba, amueblado. Prepáren[la] allí”. De modo que ellos partieron y lo hallaron así como él les había dicho, y prepararon la pascua”, Lucas 22:1,7-13.

Todo esto parece un proceso acordado tiempo antes entre Jesús y al amo de la casa, la cual era sin duda una posada o algo semejante, era una casa en la que servían comidas a los viajeros. ¿Se han fijado ustedes…? Los discípulos tenían que encontrar a un hombre que llevaba una ánfora de agua sobre la cabeza o en el hombro. En aquellos tiempos eran las mujeres las que iban al pozo a buscar agua, no un hombre, pero probablemente a nadie de aquel lugar le extrañaría ver a un hombre con una jarra de agua porque seguramente era el mesonero. Parece que durante un corto tiempo y a unas horas que parecen convenidas, aquel hombre se acercaba al pozo a buscar agua. No había más hombres que hicieran aquello porque en ese caso los discípulos de Jesús podrían haber seguido a cualquiera, pero no, Pedro y Juan siguieron al hombre correcto.
 


Entonces, si el local en el que Jesús pensaba era un mesón en el que solían ir personas diferentes a comer ¿qué clase de utensilios pondría el mesonero sobre la mesa? Pues los platos y las copas serian de uso cotidiano, de madera o de barro ¿no les parece? Poner, que no era el caso, pero poner una vajilla de metales preciosos hubiera llamado la atención de todos aquellos que andaban buscando a Jesús y eso no se hizo. Cuando acabó la cena todos salieron del local, Jesús y sus discípulos, y dejaron en el lugar todo aquello que habían utilizado para la celebración como era lo normal, nadie se llevó nada. Aquellos platos, copas y jarras de madera o de barro se seguirían utilizando para otros clientes que fueran allí a hacer sus comidas, nadie atribuyó a aquellos utensilios ni un gramo de santidad. Con el tiempo es lógico que algunos de aquellos elementos se fueran rompiendo y tuvieran que ser reemplazados por otros nuevos, pero como mucho todas aquellas casas de Jerusalén incluido el mesón en el que Jesús ceno, todas fueron arrasadas por los soldados romanos en el año 70 de nuestra era y no sobrevivió nada. Así que ¿de dónde se han sacado eso de que la copa que Jesús utilizó en su última cena era especial, de metales preciosos adornados con piedras preciosas?  

Los primeros cristianos, los del primer siglo, jamás guardaron lo que se conoce como reliquias de unos o de otros ni de Jesús, eso era considerado como un tipo de idolatría que había que rechazar porque Dios lo había mandado en sus Diez Mandamientos, “Y Dios procedió a hablar todas estas palabras, diciendo: “Yo soy Jehová tu Dios, que te he sacado de la tierra de Egipto, de la casa de esclavos. No debes tener otros dioses contra mi rostro. ”No debes hacerte una imagen tallada ni una forma parecida a cosa alguna que esté en los cielos arriba o que esté en la tierra debajo o que esté en las aguas debajo de la tierra. No debes inclinarte ante ellas ni ser inducido a servirlas, porque yo Jehová tu Dios soy un Dios que exige devoción exclusiva, que trae castigo por el error de padres sobre hijos, sobre la tercera generación y sobre la cuarta generación, en el caso de los que me odian; pero que ejerce bondad amorosa para con la milésima generación en el caso de los que me aman y guardan mis mandamientos”, Éxodo 20:1-6.

Parece que pronto en la historia del cristianismo, después de que muriera el último de los apóstoles de Jesús que fue Juan alrededor del año 100 E.C., a partir de ese momento comenzó una apostasía que mezcló las enseñanzas de Cristo con practicas paganas, a partir de ahí comenzó el interés por las reliquias, y entre ellas la famosa copa o “santo grial” que en seguida caló en las personas crédulas hasta el día de hoy.

 

 

 

 

 

lunes, 30 de enero de 2017

La búsqueda del Arca




En algún risco de esa montaña hay algo paradójico, algo que no es común y que no se sabe exactamente qué es. Algunos campesinos de la zona dicen haberla visto e incluso que han entrado en ella, algún aviador cree haberla visto mientras sobrevolaba la montaña, hasta Marco Polo dice en sus crónicas de viajes que podía ser vista cuando hacia buen tiempo, ¿de qué estamos hablando? Estamos hablando de la bíblica Arca de Noé.

Según el relato de la Biblia, el Arca acabó posándose en algún peñasco escarpado del monte Ararat, que es un monte localizado en Turquía oriental con nieves perpetuas en su cumbre, Génesis 8:4. ¿De veras que en esa montaña hay una embarcación de madera más grande (133 metros de eslora) que el famoso submarino Nautilus de 98 metros de largo? 

Los arqueólogos han encontrado evidencia de una gran inundación en Mesopotamia, entre los ríos Tigris y Éufrates, pero ellos interpretan que ese gran depósito de arcilla se debe únicamente a una gran inundación local, no universal, pero si esto fuera de ese modo hay algo que no encaja ni con la historia bíblica del diluvio ni con la historia babilónica de Gilgamés. ¿Supo el personaje central de nuestra historia la llegada del diluvio con tiempo suficiente, de modo que le dio tiempo de construir el Arca? Porque si dispuso de tiempo suficiente, ¿por qué no buscó y subió a una montaña más alta en vez de perder el tiempo construyendo un objeto de madera tan grande? Probablemente aquella inundación no fue tan local como aseguran los arqueólogos del siglo XXI, sino que fue algo mucho más importante y trascendente.

En el supuesto de que el diluvio de los días de Noé hubiera sido un aguacero global, entonces tendrían que haber quedado huellas de aquel cataclismo por todas partes. Fueron varios miles de millones de toneladas de agua que cayeron pesadamente sobre la superficie de toda la Tierra, y eso tiene que haber producido forzosamente cambios en la corteza terrestre ¿no les parece? ¿Existen y son visibles las huellas de aquel diluvio universal? Veamos algunos ejemplos.

De vez en cuando se producen descubrimientos que pasan desapercibidos y por si solos no son gran cosa, pero una vez que comenzamos a juntarlos son como el efecto común de alguna causa mayor.

La revista Parade publicó hace un tiempo que científicos chinos habían descubierto fósiles marinos a más de 5000 metros de altura en las montañas del Tibet. Hace unos años el periódico soviético Vechernyaya Moskva informó que se habían encontrado arrecifes de coral a dos kilómetros de profundidad debajo del desierto Kara Kum, y se llegó a la conclusión de que aquello había sido el fondo de un antiguo mar tropical. Pero como un almendro que florece fuera de temporada no significa que haya llegado el verano prosigamos. Otro periódico, El Comercio, de Perú, informó que a 3750 metros de altura se descubrieron un numeroso grupo de ostras gigantes petrificadas, algunas de estas ostras tienen un diámetro de unos 3´5 metros. ¿Cómo llegaron allí estas ostras gigantes? El periódico Post de Denver informó de varios sorprendentes hallazgos en las montañas del estado de Montana, a casi 2000 metros de altura sobre el nivel del actual mar. Allí se han encontrado restos fósiles de tiburones. En esas montañas también se encontró el esqueleto de una ballena que media unos 7´3 metros de largo. ¿Hasta esas alturas llegaba el mar en tiempos antiguos? Y en la montaña de Montserrat (Barcelona, España) se encontró un fósil muy bien conservado de un manatí, esa montaña está a más de 50 km. de distancia del actual mar, y por toda la región alrededor de la montaña se pueden encontrar conchas de varias clases. Y aún podríamos seguir presentando otros casos semejantes a los que aquí expongo.

Hay más noticias en este sentido, aquí solo hemos publicado algunas de ellas, pero da la impresión de que alguna vez casi todo nuestro planeta hubiera estado cubierto por un mar gigantesco, entonces se produjo un cataclismo global que centrifugo violentamente a nuestra tierra, y que puso lo que estaba abajo arriba y lo que estaba arriba lo puso abajo, el responsable de este desastre tiene que haber sido un prolongado y poderoso aguacero, que parece que es la única fuerza de la naturaleza con poder suficiente para modificar el aspecto de la tierra, incluso provocando el nacimiento de los continentes e islas que ahora conocemos.

Un cataclismo acuático de proporciones tan bíblicas, nunca mejor dicho, tiene que haber dejado no solo huellas físicas en la corteza terrestre sino recuerdos indelebles en la mente de todos los pueblos de la tierra que han ido apareciendo, ¿sucede así con el diluvio universal? Que hubo una inundación global lo dicen tanto los nativos de Australia como los de Mesopotamia, los de India, los de Rusia y más, todos estos distintos pueblos también coinciden en que hubo sobrevivientes humanos, y prácticamente todos ellos coinciden en que fue necesaria una gran embarcación para salvarse, ¿cómo pudieron haberse puesto de acuerdo gentes tan distintas y tan alejadas unas de otras, a menos que compartieran una historia común? Les diré una curiosidad al respecto: el símbolo chino para la palabra “barco” se compone de otros tres signos que por separado significan “embarcación” “ocho” y “boca”, juntos los tres el significado es barco.



Existe otro testimonio de un diluvio universal aparte del relato bíblico, es lo que conocemos como la Epopeya de Gilgamés, registrada en tablillas cuneiformes. Contiene algunas diferencias con respecto al relato bíblico, pero también es un reconocimiento de que alguna vez hubo un diluvio universal.

De modo que la búsqueda del Arca de Noé en el Ararat continúa, no es una búsqueda fácil porque la zona está sometida a tensiones políticas, pero si en alguna ocasión las condiciones son más tranquilas, es de esperar que con permiso de las autoridades turcas se pueda organizar una expedición internacional que definitivamente zanje la cuestión. Y si se encuentra el Arca de Noé ¿qué sucederá? ¿Creerá la gente más? ¿La convertirán en una especie de amuleto para hacer negocio en exhibiciones públicas? ¿La esconderán para que no cambie nada en cuanto a las creencias religiosas actuales? Seguiremos esperando respuestas a estas preguntas.       

 

sábado, 28 de enero de 2017

El Continente Perdido

 

Tal vez uno de los mitos más perdurables en el tiempo es el mito de la Atlántida, aquella súper isla con una civilización muy adelantada a su tiempo y que un día desapareció a causa de un desastre de proporciones bíblicas. Continúa tan vivo este tema en nuestro siglo XXI, que siguen celebrándose reuniones mundiales para dilucidar si de veras existió, dónde estaba y cómo desapareció. Permítanme explicar brevemente, amigos lectores, cual fue el origen de la Atlántida para todos aquellos lectores que no recuerden los detalles.

Es en los escritos de Platón (427 a.C. a 347 a.C.) que nos hemos enterado de la historia de la Atlántida, son sus diálogos de Timeo y Critias. Parece que Critias escuchó la historia a través de su abuelo, y que este, a su vez, se enteró mediante Solón, y que Solón supo de la Atlántida porque un sacerdote egipcio se la conto. Muchas personas diferentes y mucho tiempo como para que la historia no se haya ido adornando por el camino, ¿no les parece? Y sin embargo no estoy diciendo que la historia sea falsa, creo que esta historia tiene una buena base, que además guarda un notable parecido con algo que también cuenta la Biblia.

Una mayoría creen que el origen del mito se debió a la gigantesca explosión del volcán Santorini o Thera, que estalló en algún momento entre los años 1628 a.C. y 1627 a.C. y que hizo desaparecer casi toda la isla dejando tres islotes que no obstante son de tamaño considerable, en uno de ellos se excavó hace unos años una ciudad minoica que yo tuve el privilegio de visitar, su nombre es Akrotiri. Toda ella está completamente cubierta de ceniza, el color gris lo impregna todo, pero los arqueólogos no han hallado ni un solo esqueleto humano, eso les hace suponer que los habitantes de esta ciudad consiguieron huir antes del colapso final. Se piensa que estos minoicos quisieron olvidar el desastre, pero que en Egipto la idea del desastre se hizo persistente hasta que finalmente la noticia de la catástrofe llegó a oídos de Platón muchos años después.

Pero esto que acabo de decir es lo que piensan los investigadores del siglo XXI, porque el mito de la Atlántida, esa súper isla con una civilización muy avanzada que un buen día desapareció puede estar hermanada con un desastre todavía más antiguo y que se recoge en las páginas de la Biblia. Me explicaré. 
 


Hagamos gala de tener una mente abierta y fijémonos en las historias de Biblia, porque en cualquier caso las historias bíblicas merecen el mismo tratamiento que la historia de la Atlántida que cuenta Platón, ¿no les parece justo? Según la Biblia hubo una vez un diluvio universal (de este desastre en concreto y del arca de Noé ya hablaremos en otro momento) que duró cuarenta días seguidos de lluvias torrenciales, tuvieron que ser muchas miles de toneladas de agua sobre la corteza terrestre que, recordemos, flota sobre el magma derretido, un golpeo tan continuado y con tanto peso tuvo que quebrar aquella primitiva corteza terrestre y comenzar a formar los continentes e islas que hoy conocemos. No se espanten, esta idea no es tan descabellada. Nada más tienen con observar un mapa del mundo y comprobar cómo los perfiles de los continentes encajan como si fuera un rompecabezas, alguna vez comenzaron a separarse las partes y esa separación continua hoy en día a un ritmo casi imperceptible, lo cual significa que alguna vez todas las actuales masas terrestres estuvieron juntas, formando una súper isla gigante que se conoce con el nombre de Pangea. La representación que hacen algunos científicos del Pangea es aproximada, nadie puede saber con exactitud cómo fueron aquellos comienzos. La descripción de este cataclismo universal fue registrada en la Biblia, pero las masivas migraciones que luego se produjeron hacia distintas partes del mundo fueron portadoras de su propia versión de esta historia, sin que podamos descartar que se fueran añadiendo adornos al relato original.

Esto es lo que honestamente creo: sí, existió una súper isla gigantesca que se desmembró a causa del diluvio universal registrado en la Biblia, pero aquellos que buscan la Atlántida jamás la encontrarán porque buscan una isla literal independiente de los continentes e islas que conocemos en la actualidad, y no se les pasa por la mente que seguramente hemos estado caminando toda la vida sobre la llamada Atlántida o los restos que quedan de ella, de aquella súper isla gigante que una vez existió, sin habernos dado cuenta. En este caso se cumple un refrán que solemos utilizar en España, el refrán dice: “los árboles no te dejan ver el bosque”, esto significa que alguien no puede comprender el todo porque solo se está fijando en detalles pequeños.

Hasta mi próxima publicación, amigos lectores.

 

jueves, 26 de enero de 2017

Esperando a los dioses 4




No se puede precisar cuándo fue que llegaron los fenicios al Nuevo Mundo, pero si los fenicios fundaron su última colonia (Tartesos) en el Mediterráneo hacia el año 1000 a.C., eso quiere decir que a partir de ese año se pusieron a buscar nuevos horizontes, y en el caso que nos ocupa hicieron eso desde las islas Canarias, luego sucedió todo lo que ya hemos narrado en este blog.

Todo fue muy bien durante muchos años, los extraordinarios y astutos mercaderes fenicios debieron de hacer muchos viajes de ida y vuelta al Nuevo Mundo en busca de oro y mercancías exóticas, pero a cambio culturizaron a aquellos nativos y se sembró el germen de grandes civilizaciones que llegarían más tarde como los mayas, los incas y los aztecas. Todo parecía ir bien, pero de repente aquellos benefactores extranjeros decidieron que se tenían que ir irremediablemente, pero prometieron a las gentes que tanto los admiraban que volverían, esa fue la promesa de los fenicios. ¿Qué les sucedió a los fenicios para marcharse de forma tan brusca de unas tierras que los habían enriquecido? ¿Y por qué ya no volvieron nunca más? Para responder a estas preguntas tenemos que ir a Oriente Medio, es el año 332 a.C., y fijarnos en la ciudad capital de los fenicios, en Tiro.



Tiro era el principal puerto comercial de los fenicios y se componía de dos partes, la parte peninsular y la parte insular que era una islita a poca distancia de la costa, eso era la ciudad de Tiro en el siglo IV a.C. Hacia el año 600 a.C. esta ciudad entró en los planes de conquista del rey babilonio Nabucodonosor, los ejércitos del cual pusieron sitio a Tiro, un sitio que duró nada más y nada menos que 13 años, pero al final los babilonios se tuvieron que marchar chasqueados sin haber podido conquistar la parte insular de Tiro, los babilonios no habían sabido de qué manera llegar hasta la islita en donde se habían refugiado los que habitaban la parte peninsular de la capital, no obstante aquellos 13 años de asedio fueron un severo toque de atención para los fenicios. Imaginemos la situación: Comienza el largo asedio de los babilonios sobre la capital, en la parte insular de Tiro se habían refugiado todos los fenicios que habían sobrevivido, familias enteras. Ahora algún barco fenicio o varios, no sabemos, inician el viaje hacia el otro lado del Atlántico con la apremiante noticia de que Fenicia estaba siendo atacada por los babilonios, que las familias y posesiones de los fenicios que estaban entre los nativos de Centroamérica estaban siendo atacadas y en peligro de muerte, esto debió de causar una fuerte conmoción entre aquellos hombres, que llenos de pánico decidieron regresar todos ellos a su tierra de origen para defender a sus familias, pero una vez que hubiera pasado el peligro volverían. Así que todos ellos abandonaron aquellas nuevas y ricas tierras y finalmente llegarían a la Tiro insular, podían ver que en la costa todavía estaban los ejércitos babilonios pero inactivos e indecisos, hasta que después de varios años de asedio el enemigo se retiró definitivamente.



A los fenicios de la Tiro insular se les metió el miedo en el cuerpo, los paralizó, no sabían si el enemigo volvería o no ni cuándo lo podría hacer, y cesaron sus actividades viajeras más preocupados por organizar una buena defensa que por otras cosas, y parece que estas personas ya no volvieron a ocupar la parte peninsular de la capital, la cual dicho sea de paso continuaba con sus ruinas amontonadas allí y que los habitantes de la isla veían todos los días. Pasaron los años, para ser precisos transcurrieron más de dos siglos, ahora estamos en el año 332 a.C., y un nuevo peligro acechó a los fenicios que quedaban en la isla, un nuevo conquistador se plantó frente a la isla con su ejército, estamos hablando del gran Alejandro Magno. Parece que al principio Alejandro pretendió entrar en la Tiro insular pacíficamente y tomar posesión sin pelear, pero aquellos fenicios se negaron y comenzó la batalla. Alejandro se encontraba con el mismo problema con que se había encontrado Nabucodonosor dos siglos antes, el mar impedía que los macedonios corrieran hasta la isla y los isleños estaban relativamente a salvo, ¿qué haría ahora Alejandro? Pues sí, los ingenieros militares que llevaba Alejandro sí que supieron qué hacer, aunque en esta ocasión al ejercito del macedonio le acompañaban algunos barcos. Mientras los barcos macedonios distraían a las defensas de la ciudad, los macedonios que estaban en tierra cogieron todas las ruinas de la vieja Tiro y las fueron echando al mar poco a poco, y de ese modo construyeron una calzada que llegaba hasta las mismas murallas de la Tiro insular, finalmente, después de siete meses, se abrió brecha en los muros, que eran de 46 m. de altura. Además de los 8.000 militares muertos en batalla, se dio muerte como represalia a 2.000 cabecillas, y 30.000 habitantes de Tiro fueron vendidos como esclavos. Así llegó a su fin el poderío naval y comercial de los fenicios, ya nunca más volvieron a ser lo que habían sido y prácticamente desaparecieron de la historia. ¿Les parece a ustedes, amigos lectores, que estos hechos son suficiente motivo para que los fenicios hubieran abandonado precipitadamente la fuente de sus exóticas mercancías del otro lado del océano y ya no pudieran regresar nunca más? Pues eso es lo que sucedió, y los nativos del centro del Nuevo Mundo descubierto allende de los mares se quedaron esperando infructuosamente.

Esto tiene que haber sido de ese modo. Todos los países candidatos a ser aquellos hombres blancos y con barba que llegaron a Centroamérica procedentes del nacimiento del sol siguen existiendo hoy, todos menos uno, menos Fenicia. Ni árabes, ni egipcios, ni griegos, ni romanos, ninguno de ellos guardan memoria de que sus antepasados viajaran hasta el otro lado del Atlántico, ¿hubieran algunos de estos pueblos abandonado para siempre una fuente de riquezas como la que había al otro lado del océano?

Con el tiempo llegaron al Nuevo Mundo otros exploradores europeos, y como todos sabemos fueron muchos los barcos que volvieron a la vieja Europa cargados de oro, un oro que esta vez no recibieron como donación voluntaria sino como una apropiación más o menos forzosa. Esta es mi visión de lo que pudo haber acontecido, esperemos que alguna vez brille más luz sobe esta cuestión.

Esperando a los dioses 4


No se puede precisar cuándo fue que llegaron los fenicios al Nuevo Mundo, pero si los fenicios fundaron su última colonia (Tartesos) en el Mediterráneo hacia el año 1000 a.C., eso quiere decir que a partir de ese año se pusieron a buscar nuevos horizontes, y en el caso que nos ocupa hicieron eso desde las islas Canarias, luego sucedió todo lo que ya hemos narrado en este blog.
Todo fue muy bien durante muchos años, los extraordinarios y astutos mercaderes fenicios debieron de hacer muchos viajes de ida y vuelta al Nuevo Mundo en busca de oro y mercancías exóticas, pero a cambio culturizaron a aquellos nativos y se sembró el germen de grandes civilizaciones que llegarían más tarde como los mayas, los incas y los aztecas. Todo parecía ir bien, pero de repente aquellos benefactores extranjeros decidieron que se tenían que ir irremediablemente, pero prometieron a las gentes que tanto los admiraban que volverían, esa fue la promesa de los fenicios. ¿Qué les sucedió a los fenicios para marcharse de forma tan brusca de unas tierras que los habían enriquecido? ¿Y por qué ya no volvieron nunca más? Para responder a estas preguntas tenemos que ir a Oriente Medio, es el año 332 a.C., y fijarnos en la ciudad capital de los fenicios, en Tiro.


martes, 24 de enero de 2017

Esperando a los dioses 3




Con algunos diferentes matices, las viejas leyendas centroamericanas hablan de un personaje blanco y con barba que llegó sobre una serpiente emplumada o sobre un ave voladora, y al que más tarde llamaron Quetzalcoatl, este personaje o aquellos a los que él representaba les enseñaron a los nativos las artes científicas y artísticas. Los que vivimos en el siglo XXI nos tomamos estas leyendas centroamericanas como parte del folklore de esas gentes, pero ¿y si esas leyendas encierran algo más?

Imaginen ustedes, amigos lectores, lo siguiente. Unas gentes sencillas llevan siglos viviendo apaciblemente en un entorno al que se han adaptado, jamás han visto alguien diferente a ellos y por supuesto no saben qué es un barco. Un buen día alguien mira hacia el horizonte, hacia el naciente, y observa algo muy extraño: un objeto se acerca con algo que se mueve sobre él, y no se les ocurre otra cosa que comparar aquella extraña visión con algo emplumado que vuela y que agita sus alas. Acaban de ver su primer barco con sus velas agitadas por el viento. Pero ellos todavía no lo saben.



No tiene nada de extraño esta forma de describir algo que nunca han visto, felizmente tenemos otro caso mucho más cercano a nosotros y que podemos entender perfectamente. ¿Cómo llamaron los nativos americanos, los mal llamados indios, al primer tren que vieron? Lo llamaron “El Caballo de Hierro”, era la descripción más cercana a lo que ellos conocían, pero los que vivimos en el siglo XXI no decimos que eso sea una exageración folklórica sino una forma de describir lo que nunca habían visto. ¿Por qué no hacemos lo mismo cuando los nativos centroamericanos describen el probable primer barco que vieron y lo compararon con algo que volaba, que en realidad eran las velas del barco agitadas por el viento?



 No sabemos, pero a juzgar por los resultados posteriores aquellos primeros encuentros entre los nativos centroamericanos, que eran barbilampiños, con los extranjeros llegados desde el nacimiento del sol, que eran blancos y barbudos, fueron muy buenos. Allí encontrarían los extranjeros un metal al que los nativos no le daban tanta importancia, el oro, y en la parte de la península que luego llamaremos México encontraron los pavos reales, las mismas aves que los fenicios le llevaban al rey Salomón una vez cada tres años, sí, porque los pavos reales también son originarios a México. Pero aquello no fue un saqueo, aquello fue un intercambio de bienes y benefició a ambas partes. Los extranjeros barbudos les enseñaron a los nativos el arte de trabajar la piedra, recuerden que Salomón prefirió a los maestros canteros de Fenicia antes que a los arquitectos egipcios, también les enseñaron astronomía, cirugía, y cómo no, la costumbre religiosa de hacer sacrificios humanos, esto era típico de los fenicios. Posiblemente los fenicios establecieron alguna población permanente en alguna parte de Centroamérica, y de una tripulación a la otra tripulación se irían relevando en aquellas tierras tan lejanas, pues seguramente hacían esos viajes cada tres años y siempre traían ricas y exóticas mercancías, quién sabe durante cuántos siglos estuvieron haciendo estos viajes. ¿Cómo es que no trascendieron o casi no trascendieron estos viajes de los marinos y mercaderes fenicios? Como buenos comerciantes que eran intentaron mantener oculta la fuente de sus mercancías y no dijeron nada, y por si acaso hasta es posible que inventaran historias para amedrentar a los que tuvieran alguna intención de cruzar el océano. No sabemos desde cuando corrieron historias como las de que el mar era plano y si algún barco se acercaba al horizonte caía por un precipicio sin retorno, o que en aquellas inmensas aguas vivían monstruos marinos que devoraban a las embarcaciones y a quienes estuvieran en ellas. ¿Hicieron correr estas historias los fenicios? Tal vez.

El caso es que los marinos fenicios pudieron ir y venir al Nuevo Mundo muchas veces y siempre fue beneficioso para ambas partes, tanto que los nativos acabaron viendo a los visitantes que venían del nacimiento como si fueran dioses y los glorificaron en sus leyendas. Pero casi nada dura eternamente en esta vida, y los viajes de los fenicios al Nuevo Mundo terminaron abruptamente. De repente, los dioses blancos y barbudos les dijeron a los nativos que se tenían que ir, que se iban pero que volverían, pero ya no regresaron jamás. ¿Qué fue lo que obligó a aquellos extranjeros a marcharse tan urgentemente? ¿Y por qué razón ya no regresaron nunca más? La respuesta a estas preguntas será el contenido de mi próxima publicación.